El capitalismo en la trama de la vida



JASON W. MOORE O LA CRÍTICA DE LA RAZÓN ECOLOGISTA

Isidro López Hernández

La publicación de El capitalismo en la trama de la vida (Traficantes de Sueños, 2020) ha marcado un antes y un después en el campo de pensamiento político que se ha venido asociando con el ecologismo desde 1968 en adelante. Este es uno de esos libros que mantienen una hipótesis de tanto calado crítico que obliga a todos aquellos que ocupan el perímetro temático del que habla a volver a posicionarse. La recopilación de ensayos que aquí presentamos son respuestas a los debates que ha provocado el desbrozamiento de la maleza discursiva operado por Moore.

Como precaución metodológica hay que señalar que Moore centra su crítica en el ecologismo norteamericano, un movimiento mucho menos penetrado por la izquierda política y el sindicalismo de clase que el ecologismo político europeo. El término que Moore utiliza en inglés es environmentalism, que en la órbita cultural europea se asociaría más con el conservacionismo que con el ecologismo, hablamos de grandes ONG como Greenpeace o WWF, antes que del gran ejemplo histórico de ecología política en Europa que son Die Grünen [Los Verdes] en Alemania. De hecho, los debates que Moore mantiene con el ecosocialismo americano, como el de John Bellamy Foster, o con el marxismo ecologista europeo, como Andreas Malm, tienen que ver más con lo que considera como lecturas críticas demasiado apresuradas de su trabajo, que no tienen en cuenta su complejidad y profundidad, que con desacuerdos teóricos de fondo. El primer capítulo del libro, una respuesta a sus críticos ecosocialistas, deja clara esta postura.

Moore afronta su tarea de evaluación del pensamiento ecologista realmente existente armado con el caudal teórico de la llamada escuela de los sistemas mundo. Legítimo heredero de sus brillantes fundadores, Immanuel Wallerstein y Giovanni Arrighi, Moore maneja la concepción histórica y territorial de la longue durée braudeliana con extraordinaria solvencia para tirar comparaciones y análisis de un barrido espacial y temporal enorme.

Pero la posición de Moore bebe de más fuentes, por ejemplo, recupera los hallazgos de la geografía crítica de David Harvey y Neil Smith; de hecho, su posición toma mucho de dos libros: Los límites del capital de David Harvey (1) y Desarrollo desigual de Neil Smith (2). También utiliza dos clásicos
del feminismo materialista como Calibán y la bruja de Silvia Federici (3) y Patriarcado y acumulación a escala mundial de Maria Mies (4) Además Moore conoce a la perfección los textos de Marx en los que, en última instancia, se soporta sólidamente su acercamiento político y metodológico, ya sea El capital, el Manifiesto comunista, o La ideología alemana. En este sentido, esta recopilación de artículos pone encima de la mesa la superioridad política de las categorías históricas marxistas sobre el popurrí de nociones de origen malthusiano que ha tendido a manejar el ecologismo norteamericano hasta el día de hoy.

Una vez hecho el arduo trabajo de separar la paja ideológica del grano analítico, la hipótesis de Moore es sencilla: la crisis ecológica, y más concretamente, la crisis climática no están ocasionadas por una abstracción conocida como el Hombre, en su acción sobre otra abstracción conocida como Naturaleza. En lugar de esta fábula mítica, lo que Moore sostiene es que la crisis ecológica, y por extensión la crisis climática son consecuencia de la historia concreta del despliegue territorial de las relaciones capitalistas
de producción desde el siglo XVI en adelante. La extensión de la ley del valor hasta sus límites en la biosfera, o en la trama de la vida, es el comienzo de esta fase de la crisis capitalista en la que estamos viviendo y a la que llamamos crisis ecológica o crisis climática. En resumen, la crisis ecológica no está causada por el Hombre sino por el capital. No es antropogénica sino capitalógenica.

Utilizando una distinción clásica de la epistemología marxista desde las coupures epistemologiques [cortes epistemológicos] de Althusser, Moore diferencia cuidadosamente entre la práctica real de los científicos y la ideología de la ciencia. Siguiendo esta misma tradición marxista de interpretación de
la ciencia, la práctica científica realmente existente obtiene sus resultados a través de la utilización de lenguajes matemáticos, no porque la estructura del mundo sea numérica, sino porque describen los procesos biofísicos con mucha mayor precisión que los lenguajes que hablamos y escribimos, precisamente porque estos lenguajes escritos y hablados, ya sean en usos corrientes o cultos, están llenos de ideología. Cuando científicos, y por supuesto técnicos, hablan y escriben están tan sujetos a la ideología como cualquiera, y por tanto reproducen el discurso legitimatorio del capital, incluso cuando hablan de «lo que saben».

Un buen ejemplo de la aplicación de este criterio metodológico es el término que Moore utiliza como resumen de todo lo que está mal políticamenteen el ecologismo: «Antropoceno». Este fue acuñado por los científicos de los sistemas terrestres, en este caso fundamentalmente los geólogos, a través del estudio de los llamados «picos dorados», marcas estratigráficas que definen los principios y finales de distintas eras geológicas.

Así habríamos pasado del Holoceno al Antropoceno, en tanto las marcas que registran los estratos estudiados aluden a fenómenos de origen «humano». Cuando estos mismos científicos, como es el caso del Premio Nobel P. J. Crutzen, reformulan sus hallazgos empíricos y cuantitativos en términos de una crisis provocada por la «humanidad» en su relación con algo llamado «naturaleza» están haciendo ideología y justificando el orden capitalista sin saberlo. Es lo que Moore denomina «Antropoceno popular», en los artículos críticos que aquí presentamos.

Dígase «humanidad», «hombre» o «especie humana», estamos hablando de una instancia que no tiene realidad política alguna. En ninguna institución «la humanidad» habla, así como el «ser humano» tampoco emprende acción política alguna. Ningún cambio histórico de cierto calado ha tenido
igualmente como sujeto a «la humanidad». La «especie humana» es la única especie en la que hay que especificar si hablamos de los humanos que mandan sobre los demás o de los que son mandados. Decir que la crisis ecológica es de origen «humano» es ocultar sus verdaderas raíces: la acumulación de capital y la jerarquía de poder que necesita para funcionar. El capital fundamentalmente reproduce y refuerza la jerarquía de poder existente. De nuevo, insistimos con Moore, la crisis ecológica, y su hija, la crisis climática, no son de origen antropogénico sino capitalogénico. No vivimos en el Antropoceno sino en el Capitaloceno.

Derrocar el capitalismo, con su trinidad de clase, género y raza como ejes necesarios de dominación y obtención de trabajo barato, indispensable para la continuidad de la reproducción ampliada del capital, es la única manera de empezar a pensar en la superación de la crisis ecológica. Y para eso es necesario abandonar totalmente la creencia de que es posible la superación de la crisis mediante estrategias de Estado o de decisiones individuales en el campo del consumo. Estas líneas políticas coinciden más
o menos, con los dos polos del debate entre Green New Deal y decrecimiento que ha tenido lugar en los años posteriores a la pandemia. La acción a través del Estado y las decisiones de consumo, o no consumo individual, son dos caras de la misma moneda, dos formas de justificar el orden capitalista existente.

Otro de los conceptos estrella de la hipótesis de Moore es el de «trama de la vida». Acuñado en 1996 por el físico austríaco Fritjof Capra, fundador de la Deep Ecology, (5) este concepto sirvió para poner encima de la mesa una visión del mundo no centrada en la oposición ideológica entre «Hombre» y «Naturaleza», sino en la interconexión de todos los seres vivos en pie de igualdad, vinculados en redes o tramas de la vida. Los ecos hippies de Capra pueden mover hoy a la sonrisa cínica, pero desde luego constituyen un avance con respecto al malthusianismo atroz de los Ehrlich o Garret Hardin y sus llamadas histéricas al control poblacional en nombre de la «escasez» y el «consumo excesivo». En manos de Moore, el misticismo taoísta de Capra desaparece, y las «tramas de la vida» capitalogénicas
pasan a ser conceptualizadas como interpenetradas por el poder y la incesante búsqueda de beneficio de la acumulación de capital. Esto supone una mejora analítica, desde el punto de vista materialista, frente a las distintas formas de entender la «Naturaleza» y «lo Natural» como instancias de autenticidad prístina que han sido destruidas por el «Hombre». «Hombre», que en una mezcla de ignorancia e ingenuidad, ha omitido los designios de su madre auténtica, y ahora paga con nada menos que con el «fuego del fin del mundo», por su falta de cuidado y cariño para con el medio ambiente que le «rodea».

Ecología mundo capitalista

Desde el momento en el que el capitalismo se expande territorialmente por todo el orbe, se puede hablar de un «arreglo ecológico» en el mismo sentido en que David Harvey habla de «arreglo espacial». Es decir, cada ciclo de acumulación mundial genera una ecología a su medida; y esa misma ecología suele ser un obstáculo a destruir para el siguiente ciclo de acumulación. Desde aquí, Moore recupera la noción central de sistema mundo capitalista, que define a su escuela, para transformarla en la de ecología mundo capitalista. A diferencia de sus maestros, Wallerstein y Arrighi, que no consideraron el desembarco de los españoles y los portugueses en América como una hegemonía global capitalista, centrándose en el ciclo financiero de las Provincias Unidas, Moore considera que el Capitaloceno se inicia en 1492. De hecho, el llamado Pico de Orbis se produjo por el enfriamiento de la Tierra debido a la muerte de millones de indígenas por las enfermedades y los conquistadores europeos, los cuales, en consecuencia, dejaron de cultivar sus tierras tanto en América del Norte como del Sur. La recolonización forestal de estas tierras las convirtió en sumideros de carbono y constituye el primer cambio climático de origen capitalógenico.

Moore entabla debate no solo con el ecologismo sino también con las versiones académicamente más prominentes del decolonialismo. En concreto, revisa las obras de Grosfoguel, Mignolo y Escobar, para encontrar en ellas un esencialismo apenas trabajado, donde nociones como «Europa» aparecen una y otra vez de forma reificada y simplificada. Como dice Moore, es imposible que «Europa», tal y como la conocemos, explotase a América en la conquista, porque la noción de «Europa» como máquina de conquista colonial nace con la conquista de América. No hay una esencia civilizatoria previa. En lugar del relato decolonial simplificado, Moore sostiene que cada nuevo ciclo de acumulación capitalista depende del establecimiento de las llamadas fronteras mercantiles. Lugares en los que se produce el
avance territorial del capital y que son máquinas de producir Naturalezas Baratas, indispensables para que la acumulación de capital salte por encima de sus recurrentes crisis de sobreacumulación.

Las fronteras mercantiles se agotan en su capacidad de producir los cuatro baratos: trabajo, energía, alimentos y materias primas, y la frontera se desplaza a otro lugar. Según Moore, habríamos llegado a un límite en este proceso. Ya no hay más fronteras mercantiles en las que producir nuevas Naturalezas Baratas que puedan desatascar la gigantesca crisis de sobreacumulación que define la crisis actual. Para Moore este es un proceso irreversible, no hay posibilidad de volver a un régimen generalizado de Naturalezas Baratas y eso convierte a la crisis ecológica en la crisis terminal del capitalismo.

Por una política de clase en la trama de la vida

Si se sacan conclusiones políticas a partir del relato de Moore, los efectos incrementados de la crisis ecológica y el cambio climático en los últimos años no se pueden cargar solo a la cuenta de los «negacionistas», sino también de quienes han defendido activamente un ecologismo mayoritario que ha construido las cumbres climáticas de la COP o los mercados de carbono, sin someter a crítica los principios que los sustentan: a saber, que los Estados nación capitalistas pueden hacer algo mas que competir entre sí para buscar ganancias y acomodar pérdidas en el proceso de acumulación, o que las subidas de precios de recursos y energía son una herramienta para moderar el consumo «insostenible».

No es de extrañar que El capitalismo en la trama de la vida haya sido un golpe que ha generado ondas profundas en las aguas, quizá demasiado tranquilas, del ecologismo político. Pero lejos de caer en los lamentos impotentes del colapsismo, Moore apuesta por que la crisis terminal del capitalismo desemboque en el Proletarioceno, una suerte de nuevo socialismo mundial, Y esto depende única y exclusivamente de la capacidad para organizar la subversión que tengan los movimientos. En este propósito, disponer de una buena guía analítica, basada en la interpretación materialista de los procesos históricos y territoriales, resulta fundamental

1 D. Harvey, Los límites del capital, Madrid, Traficantes de Sueños, 2024.
2 N. Smith, Desarrollo desigual. Naturaleza, capital y la producción de espacio, Madrid,
Traficantes de Sueños, 2020.
3 S. Federici, Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Madrid,
Traficantes de Sueños, 2010.
4 M. Mies, Patriarcado y acumulación a escala mundial, Madrid, Traficantes de Sueños, 2019.
5 F. Capra, The web of life, Nueva York, Anchor, 1996.

Comentarios

Entradas populares