humor trágico venezolano
Esta es una joya del humor trágico venezolano. Captura a la perfección ese fenómeno tan nuestro donde el drama más absoluto se ve interrumpido por la cotidianidad, el "atortile" y el temperamento indomable de nuestras mujeres.
La historia de Adriana
El amanecer en La Guaira no trajo luz, sino una claridad grisácea que exponía la magnitud del desastre. Era la mañana del 25 de junio. Mientras el país entero sufría la resaca de los tambores de San Juan, Carlos llevaba más de doce horas consecutivas cavando con las uñas, moviendo vigas de concreto y apartando cabillas con las manos ensangrentadas. El polvo de los edificios colapsados se le había metido en los pulmones, pero el miedo de perder a su esposa era un motor más fuerte que el cansancio.
A eso de las nueve de la mañana, entre el silencio sepulcral de un pueblo en ruinas, Carlos creyó escuchar un eco. Siguió el sonido hasta una enorme placa de concreto que se había desplomado en ángulo. Al asomarse por una estrecha rendija, la vio.
Ahí estaba Adriana. Atrapada, llena de polvo, pero milagrosamente viva.
Carlos sintió que el alma le volvía al cuerpo. Se le aguaron los ojos, respiró hondo y se pegó a la rendija para hablarle, esperando llanto, debilidad o un milagro divino. Pero lo que salió de esa oscuridad no fue un quejido de auxilio, sino el soberano peo de una mujer que, ni al borde de la muerte, perdía el acento ni el temperamento.
—¿Dónde coño estabas tú metido? —retumbó la voz de Adriana desde el fondo del hueco, ronca pero firme—. Tengo más de doce horas metida en esta vaina... y no es posible contar contigo.
Carlos parpadeó, incrédulo, tragándose las lágrimas de la emoción para dar paso a la indignación automática del esposo venezolano.
—¡Coño, tengo toda la noche removiendo verga, la vaina no es fácil! —respondió, agachado sobre los escombros.
—No es fácil estar aquí donde yo estoy, debajo de todo esto —replicó ella de inmediato, con ese tono de reclamo histórico—. Claro, pero como no eres tú...
—¿Coño, Adriana, qué culpa tengo yo?
—¿Ah, no? ¿Y quién fue el que compró aquí? —lanzó la estocada, reviviendo una discusión inmobiliaria de hacía cinco años—. ¡Yo sabía que esta vaina se nos iba a caer encima tarde o temprano!
Carlos se llevó una mano a la frente, lleno de polvo, mirando al cielo como pidiéndole paciencia a Dios o a San Juan.
—Coño, Adriana, quédate tranquila. Se cayeron todos los edificios de La Guaira, vale.
—¡Yo no creo esa vaina! ¿Me vas a decir que no quedó ni uno en pie?
—Coño, sí... ¿Pero por Dios, cómo iba a saber yo cuál era el que no se iba a caer?
—Claro, tú nunca sabes nada —sentenció ella desde el subsuelo.
Carlos respiró hondo, retomando la pica y tratando de palanquear un bloque que bloqueaba el acceso. El amor de su vida estaba viva, sí, pero le estaba consumiendo los últimos cartuchos de cordura.
—Quédate tranquila, Adriana, por favor. Uno aquí tratando de concentrarse para sacarte y tú no colaboras.
—¡Me está cayendo tierra en la cara! —gritó ella—. Si vas a hacer las cosas de mala gana, ¡mejor no hagas nada!
—Bueno, tápate la cara, Adriana. ¿Cómo hago yo?
—Tú nunca haces las cosas bien. Siempre de mala gana.
—¡Adriana, vale, quédate tranquila! ¿No puedes estar quieta y en paz?
—Para ti es muy fácil decirlo...
—Ya vas a salir de ahí —dijo él, metiendo el hombro para mover la última piedra grande.
—Ten cuidado y me cae esa pared encima...
—Adriana, quédate tranquila y tápate la cara, por el amor de Dios.
Nota del autor:
Esta es, en su máxima expresión, la esencia de la mujer venezolana. Formadoras de peos profesionales, capaces de armar un tribunal de reclamos en medio de un cataclismo, sin enfocarse en el gesto positivo ni en el esfuerzo sobrehumano del hombre que tienen al lado. Afortunadamente para ellas, cuentan con la enorme suerte de tener a su lado al hombre venezolano: noble, fiel, profundamente preocupado por su bienestar y dotado de una paciencia que desafía las leyes de la física y de la psicología moderna.


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